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lunes, 18 de julio de 2011

Un reportaje de El País sobre José Luis Rodríguez Viñals, antiguo vecino de Monesterio: "Escúchame, así fue el 18 de julio", por Luis Gómez

José Luis Rodríguez Viñals cuando era combatiente nacional
La guerra tardó en convertirse en parte de la vida cotidiana de los españoles hasta que pudiera hablarse de frentes, de movimientos de tropas, de reclutamiento. José Luis Rodríguez Viñals tenía 16 años aquel 18 de julio. Pasaba el verano en un cortijo cerca de Montemolín, al sur de Badajoz. Preparaba el último curso de bachillerato con un párroco de Zafra. Le habría gustado ser médico. Recuerda una mañana con cortes de luz: “Sería mi madre quien puso la radio, recuerdo que se trataba de una de la marca Emerson y escuché noticias no habituales. Recuerdo también que la radio emitía músicas militares por la tarde. Y recuerdo a mis padres preocupados”.
Alfredo Salas Viu (camisa de rayas azules),
 piloto republicano durante la guerra,
abraza a José Luis Rodríguez Viñals,
combatiente del bando nacional
Dos o tres días después llegó a su casa una cuadrilla de hombres armados con escopetas para llevarse a su padre a presentarse ante el comité local. José Luis le acompañó. Su padre suplicó ser encerrado en el Ayuntamiento de Montemolín y accedieron a su súplica. “Cuando vi a unas mujeres echando gasolina junto a la puerta del Ayuntamiento, quedé vacunado del todo”, confiesa José Luis Rodríguez. Algunas personas evitaron aquel conato de incendio y su padre llegó a ser liberado posteriormente cuando Badajoz pasó a manos de los sublevados. Unos años antes, José Luis había sido testigo de cómo una turba “acuchillaba de todas las formas posibles a un guardia civil que terminó desangrado casi a mis pies” y cómo semanas después un grupo de gente despavorida puño en alto hacían de las suyas por las calles de Zafra. “Mi padre vio llegar con optimismo la República, pero poco después comenzó a quejarse de lo que estaba sucediendo en la provincia: quema de siembras, tala de árboles, palizas, muertes, agresiones, quema de iglesias. Puedo decir que para entonces lo había visto todo”.
Alfredo Salas Viu (izquierda)
conversa con José Luis Rodríguez Viñals
 durante el encuentro organizado por EL PAÍS
[...] José Luis fue reclutado por el ejército de Franco en 1938, cuando cumplió los 18 años. Su instrucción apenas duró unas semanas, “lo suficiente para aprender el manejo de un fusil y de las bombas de mano”. A mediados de noviembre fue enviado al frente de Madrid. Allí estuvo hasta el final de la guerra. [...] Volvamos sobre José Luis Rodríguez y Alfredo Salas, uno en la infantería de Franco y el otro en la aviación republicana. Ambos coincidieron en Madrid el mismo día del final de la contienda. José Luis estaba en las trincheras de la Casa de Campo. “Ya se notaba poco movimiento. Una semana antes apenas se pegó un tiro, así que el día 30 de marzo de 1939 nos dieron órdenes de entrar en Madrid en fila india por las dos aceras y con el arma cargada”. José Luis perteneció a las primeras tropas que entraron en Madrid. Se dirigieron a la plaza de España y allí les ordenaron colocar una bandera de España en la boca de un cañón. “Me encontré un ambiente sucio y hambriento. Triste. Gente macilenta. Lo que me sorprendió fue cómo a las pocas horas apareció una multitud con banderas nacionales y de Falange”.
Salas Viu (camisa de rayas azules),
camina junto a Rodríguez Viñals
[...] José Luis y Alfredo no se conocieron hasta que, 75 años después, aceptaron hacerse una foto juntos para este reportaje. Ninguno de los dos puso el más mínimo reparo ni quiso saber algún detalle del otro. “Tenga en cuenta que yo no le he guardado enemistad a nadie del otro bando”, diría después José Luis, “aquella guerra fue inevitable y muchos combatieron en un bando por razones geográficas”. La cita tuvo lugar en el cerro de Garabitas, al caer la tarde, un lugar cercano a la Casa de Campo, donde se mantuvo el frente del asedio a Madrid durante casi tres años. Ambos habrían podido ser médicos, pero la guerra cortó sus estudios. José Luis terminó siendo abogado, y Alfredo, empresario, después de haber hecho otra mili en el norte de África, experiencia que le sirvió para ser cónsul de Uganda. Sus andanzas le permitieron conocer idiomas. Todavía está convencido de que puede hacerse entender en ruso.
La cita entre estos dos excombatientes resultó entrañable. “¡Dame un abrazo, compañero!”, rompió el hielo José Luis en tono de broma. Y se abrazaron. Alfredo le pidió el brazo a José Luis para caminar. Y del brazo dieron vueltas mientras cada uno apoyaba la otra mano en un bastón. Posaron para la foto y se comentaron circunstancias de aquel día del final de la guerra: cada uno estaba en un punto muy distante de Madrid. Trataron de identificar por dónde se extendía el frente alrededor de la Casa de Campo con alguna dificultad porque la ciudad ha cambiado demasiado en tantos años. Hablaron con la camaradería propia de dos excombatientes, salvo que fueron enemigos en aquella guerra. Quedaron en verse a solas cualquier día de estos. Se intercambiaron sus teléfonos y, cuando se despidieron entre risas, José Luis le dijo a Alfredo:
— ¡Pero que conste que sigo siendo un franquista acérrimo!
— ¡Y yo un republicano!..., pero moderado, eso sí.

Fuente: El País